Acabo de leer el artículo "Una dictadura democrática" de Francisco Mora, publicado en el Levante, y lo suscribo y lo copio íntegro
Una dictadura democrática
Francisco Mora
Cuando un Gobierno hace crisis, porque pierde la confianza de sus conciudadanos, así como el respeto y credibilidad de los socios de la comunidad internacional a que pertenece el país que representa, se impone con urgencia la convocatoria de elecciones generales, que permitan la creación de una nueva mayoría capaz de resolver los problemas que mantienen a la nación al borde del colapso. Es obligado, para no incurrir en crimen de lesa patria, volver la mirada hacia la Constitución en busca de un resquicio legal para librar al país de la ineptitud de un hombre, anonadado por una lastimosa incapacidad que le define como el más genuino ejemplo del principio de Peters.
J. L. R. Zapatero está amortizado. Él solo se ha invalidado para continuar arbitrando los destinos de este país. No vale ya de nada acusar de antidemócratas y fachas, a quienes se atreven a llamar la atención sobre las numerosas señales que anuncian el peligro de ruina inminente para los ciudadanos que no viven de la prebenda y el chanchullo de la política. No se puede acallar por más tiempo la voz de la verdad y la razón, que denuncia por honradez profesional la debacle que nos amenaza. Erigirse en voz de los que no tienen voz, es un acto de servicio. Quienes han visto su papel como ciudadanos reducido a trabajar, pagar impuestos y votar cada cuatro años, merecen al menos eso de quienes tenemos la obligación de analizar la realidad y escribir los resultados de ese análisis en los medios de comunicación.
Tratar ahora de culpabilizar de la situación a una supuesta red especulativa, surgida a caballo de la crisis, es una soberana estupidez, una ingenuidad o cuanto menos una excusa para eludir responsabilidades. Porque los especuladores del suelo y de la banca vienen adueñándose del país desde hace muchos años, arropados por la avaricia y desvergüenza de una clase política bien definida como la más ratera de la historia de España, a la que debemos sin duda que nuestra situación sea más grave que la de ningún otro país europeo, si exceptuamos Grecia. País por cierto que nadie ignora la catadura de la clase política que lo ha maltratado durante varios lustros.
Elecciones ya, por sanidad democrática y hasta por patriotismo. Y no con la intención de aprovechar la debilidad de Zapatero y su Gobierno para aupar al poder al enclenque Rajoy y sus oportunistas. Para ese viaje no harían falta alforjas. Los congresos extraordinarios están para algo. Y uno no recuerda, desde la muerte del dictador, otro momento más adecuado que este, para que los congresos de los dos grandes partidos resuelvan este maldito cul de sac. Tal como están las cosas no se vislumbra otra solución, dada la poca calidad, categoría, iniciativa y solvencia política de Zapatero y Rajoy.
Pamplinas aparte, se pueden dar a bote pronto varios nombres de una y otra formación con más solvencia política y credibilidad que Zapatero y Rajoy. Por ello no sería difícil cambiar los rostros de la política española, y con ello, quizás también talantes y capacidades. Aquí y ahora hacen falta dos hombres de Estado con capacidad de dialogo para llegar a acuerdos que relancen la vida económica del país, en vez de continuar mirándose el ombligo. Porque la denominada mayoría silenciosa, que decide el triunfo electoral, ha llegado a la conclusión de que con ninguno de los dos saldríamos de la actual encrucijada.
Para salir de la catástrofe económica que Zapatero continúa negando y Rajoy se toma como un tablero de ajedrez en el que jugar su partida por el poder, hace falta al frente del Gobierno un hombre de Estado, de izquierdas o de derechas, con valor para tomar decisiones y mantenerlas aunque nos cuesten «sangre, sudor y lágrimas», como anunció Churchill a los ingleses cuando la invasión de Inglaterra. Seguro que los españoles reaccionaríamos con la entrega con que hemos sabido responder en tantos momentos de nuestra historia. Pero con estos dos burdos aprendices de brujo no podemos ir los españoles ni a cobrar una herencia. Con ellos estamos condenados al fracaso.
Que ni Zapatero ni Rajoy tienen catadura política para sacarnos de la ruina que nos agobia es un clamor popular. Ambos reducen el problema a una constante lucha por el poder, con lo que escenifican una dictadura democrática, en la que el pueblo manda un día cada cuatro años y el resto de tiempo los dueños de los partidos hacen lo que les rota.

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